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La palabra del mudo
Julio Ramón Ribeyro (Autor) · Debolsillo · Tapa Blanda
3 opinionesQuedan más de 100 unidades
S/ 57,64Terminé de leer "La palabra del mudo" de Julio Ramón Ribeyro. Todos y cada uno de los 15 cuentos que conforman la antología me parecen magníficos. Me gusta cómo el autor nos hace cómplices de la narración, noté que por ejemplo en "Los Gallinazos" como la infancia se hace presente al igual que en "Los Merengues" y en el penúltimo cuento de éste conjunto de cuentos. La palabra de Julio Ramón Ribeyro es como un canto golondrino. En el hay un cierto trazo de nostalgia, y poética en su obra que surge de lo cotidiano, de lo social, nos muestra la marginal como el cuento de "Los merengues", dónde un niño apesar de poseer 20 soles no le sirven y para cubrir la fechoría que hizo los avienta hacia las rocas. La prosa excelsa del autor es tan consisa que aún es considerado uno de los mejores cuentistas latiomericanos y un maestro de la concisión. Leanlo.
Los relatos que reúne el libro son en su gran mayoría de gran calidad, destacan en mi opinión: AL PIE DEL ACANTILADO (con un lenguaje que me recuerda a Rulfo); EL PRÓXIMO MES ME NIVELO (el mejor, con un final magistral) y ALIENACIÓN. Uno se enfrenta con modismos peruanos, que en algunos casos incluso no quedan muy claros acudiendo al diccionario de americanismo. Hay un problema serio de edición que debe corregir RANDOM HOUSE en su próximo tiraje. En el relato titulado LA ISINGNIA, en la página 30, segundo párrafo, al final dice: ...a tal extremo que decidí. ??? Claramente aquí hubo una omisión y no se terminó de imprimir correctamente lo escrito por el autor, de tal forma que al seguir leyendo el cuento llega un momento en que no se entiende la intención del argumento. Aun con esta falla es muy recomendable leer a Ribeyro.
No conocía a Julio Ramón antes de leer este libro, y creo que no podría haberlo conocido mejor que leyéndolo. Me conmovió, me inspiró, me llevó a tardes llenas de reflexión en torno a algunos de sus cuentos. Me cambió por completo. Ser testigo de la sensibilidad –y del sentimiento de divinidad humana– que tiene Ribeyro para contar un relato es, sin duda, una experiencia desgarradora y bella a la vez. Su lirismo, sin pretensiones ni ornamento innecesario, brota desde lo esencial: desde las bases del lenguaje, desde palabras comunes, nunca rimbombantes. Y creo que ahí, precisamente ahí, radica su genialidad y su estilo –como sucede con autores como Chéjov, Carver o Bolaño–: en cómo, con esas palabras mínimas, logra conmover y transmitir un mensaje mucho más vasto que las cuatro cuartillas que ocupa el cuento. Personalmente, mis relatos favoritos han sido el primero, “Un gallinazo sin plumas”, y el décimo, “Al pie del acantilado”. Creo, además, que el segundo contiene una referencia directa al primero; y como sucede con todos los cuentos de Ribeyro, parecen desarrollarse en un mismo universo, a veces incluso en la misma ciudad. Son profundamente conmovedores –sin caer jamás en el tono moralizante– y, a mi parecer, cargados de preguntas filosóficas. El primero es ya un clásico: la historia de dos niños enfrentados al mayor dolor imaginable, sin perder, pese a todo, su amor de hermanos. Probablemente, el mejor cuento que he leído en mi vida. El segundo narra la historia de un hombre que lo pierde todo. Es, tal vez, una tesis –o antítesis– maestra, mucho más madura, de las ideas que atraviesan toda la obra de Julio Ramón: la esperanza, la justicia, la dignidad, la fe en ciertas figuras, el dolor, la pérdida, los límites del sufrimiento y, sobre todo, lo que a mí me parece su idea central: el sentido de seguir adelante, sin importar la circunstancia. Un maestro. Me habría encantado descubrirlo antes y poder, en este momento, haber leído ya todo lo que escribió.
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